“El cielo y la tierra se unieron por la fe del pueblo guatemalteco.”
Tras el paso inexorable del tiempo, el mes de septiembre vuelve a envolver al templo dominico en un ambiente místico e inigualable. Desde los aires previos a la velación, se percibe esa emoción que agita el corazón del devoto dominico al contemplar, una vez más, el rostro de aquel Cristo del que contaban las abuelas que había calmado las aguas del mar para llegar hasta nuestras tierras.
La Velación del Señor Sepultado de Santo Domingo es, sin duda, un punto de referencia en el calendario de la religiosidad guatemalteca. Más aún en este año 2025, cuando no solo los dominicos, sino toda la Santa Iglesia Católica universal, conmemora el Año Jubilar de la Esperanza, al celebrarse los 2025 años del nacimiento de la Redención hecha hombre en nuestro Señor Jesucristo.
Uniéndose a esta apoteosis de fe, la Hermandad del Señor Sepultado de Santo Domingo, Cristo del Amor, solicitó el pasado 8 de agosto, por medio de su encargado general Bernal Díaz, ante el Arzobispado de Santiago de Guatemala, la apertura de nuestra amada Basílica como Santuario de Peregrinación, para que los fieles pudieran obtener la indulgencia plenaria otorgada por la Santa Sede.
La solicitud fue respondida de manera positiva por su Excelencia Reverendísima Monseñor Gonzalo de Villa y Vásquez, Arzobispo Primado de la Arquidiócesis de Santiago de Guatemala.
Las reuniones constantes de las diversas comisiones crearon un ambiente de júbilo y fervor en el templo. Se cuidó hasta el más mínimo detalle para preparar el místico encuentro entre el pueblo devoto y su Rey, su Amor y su Señor.
Llegó entonces la penúltima semana de septiembre. Entre comisiones y devotos, la Basílica se transformaba lentamente en el trono donde el Señor presidiría el encuentro con su pueblo. Manos artesanas colocaban centenares de flores naturales, símbolos de la vida de la Iglesia y de la alegría de predicar a un Cristo vivo que habita en nuestros corazones.
Cortinas verdes, evocando la virtud de la esperanza —tan propia de este Año Jubilar—, adornaban el recinto, mientras el latir de cada corazón, unido en una sola fe, daba testimonio de una hermandad que trabaja unida… por el Cristo del Amor.
Iniciaba el encuentro cuando el toque de matracas rompió el susurro de las voces y oraciones. Era la mañana del 20 de septiembre. En los alrededores del barrio Gerona y las periferias del templo, se murmuraba con emoción que ya habían bajado al Señor para su velación. Propios y extraños se acercaban con curiosidad, queriendo ser testigos de los preparativos previos a la apoteosis del día siguiente.
Orquídeas, rosas, gerberas y otras flores semejaban un jardín del Edén en el interior de la basílica, donde el Redentor dormido volvía, una vez más, a escuchar las súplicas de su pueblo que lo ama entrañablemente.
Vestido con una túnica verde esperanza, finamente bordada en hilos de oro, el Cristo del Amor reposaba sereno en el sueño de la muerte, sobre su mesa de retablo.
El anuncio resonó entre los fieles: la festividad había comenzado. Y con ella, el regalo más grande para sus devotos: la oportunidad de poder contemplarlo, de cerca y en silencio, en la intimidad de su capilla, antes del gran día.
Y con ello se abría también un nuevo capítulo en la historia de los hermanamientos de esta noble institución. Tal como sucediera en el año 2024 en la ciudad de Sevilla, España, la Hermandad de Santo Domingo continuaba estrechando sus lazos con la Orden de Predicadores, fortaleciendo así el espíritu fraterno que une a quienes comparten una misma devoción.
En horas de la noche, se celebró un emotivo hermanamiento con la Hermandad de Jesús Nazareno de la Parroquia Santa María del Rosario, en Cahabón, Alta Verapaz.
Un gesto que selló, entre oraciones, miradas y abrazos, el compromiso de seguir caminando juntos bajo la luz del Evangelio, con el rosario en la mano y el amor de Cristo como guía.
El amanecer del gran día
El amanecer de aquel 21 de septiembre fue distinto.
El ambiente estaba impregnado de santidad, emoción y un nerviosismo sagrado, el mismo que embarga el alma cuando se sabe que algo místico está por suceder.
A las cinco de la mañana, en un divino vaivén, el Señor del Viernes Santo, el del Santo Entierro más antiguo de América, era entronizado en su catafalco, rodeado por más de cien varas de orquídeas y otras flores que evocaban las plegarias y promesas de sus devotos.
A las afueras de la basílica, medios de comunicación, comunidades parroquiales y familias completas aguardaban el momento anhelado: la apertura de la Puerta Santa. Ese instante significaba mucho más que un rito; era la oportunidad de purificar el alma y obtener la absolución de los pecados que manchan la humanidad.
Su Excelencia Reverendísima Monseñor Tulio Omar Pérez Rivera, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Santiago de Guatemala, antes de revestirse como pastor del pueblo, no pudo evitar santiguarse y elevar una oración silenciosa ante aquella imagen del Señor Sepultado, en un encuentro íntimo entre el alma sacerdotal y el Cristo dormido en su gloria.
Así iniciaba la peregrinación desde el antiguo claustro del templo, se enfilaban por el atrio de la basílica, mientras los devotos cantaban y rezaban. Con voz firme y solemne, Su Excelencia proclamó:
“¡Que se abran las puertas del cielo!”
Y, siguiendo el rito romano de la apertura de la Puerta Santa, se desató la alegría del pueblo. Un sinfín de pétalos de rosa blanca cayó sobre los presentes, mientras una cohetería ensordecedora estallaba como eco de júbilo en los cielos.
Era el anuncio de un día distinto:
el día en que los fieles, arrodillados ante el Cristo del Amor, hallarían la absolución y la esperanza.
Comenzaba así la Velación de las Velaciones, el encuentro más sagrado entre el cielo y la tierra.
Fue una jornada que quedaría marcada por distintos momentos que rompieron por completo el esquema de una velación tradicional guatemalteca.
Dentro del templo, la solemnidad imperaba entre eucaristías, rezos del rosario y confesiones continuas, con sacerdotes que apenas daban abasto ante la multitud de devotos que buscaban el sacramento de la reconciliación. Los susurros de las oraciones se mezclaban con el aroma del incienso, creando un ambiente de recogimiento y gracia.
Mientras tanto, en el atrio, la escena era distinta pero igualmente espiritual: una convivencia sana, fraterna y familiar daba ese toque de alegría tan característico del pueblo guatemalteco.
El sonido de la marimba, instrumento autóctono nacional, acompañaba el pentagrama fúnebre guatemalteco, tan propio del sentir de los cucuruchos, en una armonía perfecta entre devoción y cultura. Ya que diversas instituciones invitadas ofrecieron conciertos que, más allá de su musicalidad, se convirtieron en ofrendas de amor y fe al Cristo del Amor, llenando el aire de notas que parecían elevarse hasta el cielo.
En horas de la tarde, el concierto de la Camerata de la Municipalidad de Guatemala tocó las fibras más sensibles del corazón. Sus interpretaciones de piezas clásicas de la Santa Iglesia —desde un Ave María hasta un Panis Angelicus— envolvieron el templo en un silencio reverente.
Al escucharlas, frente a la imagen del Señor Sepultado, los fieles recordaban el misterio de la fe: la Eucaristía, ese Pan de los Ángeles que alimenta el alma y consuela el espíritu.
El programa dio paso a uno de los momentos más esperados: el Gran Concierto de Gala, a cargo de la Banda Marcial del Ejército de Guatemala, que llenó el recinto con una atmósfera solemne.
Al compás de un pentagrama fúnebre cuidadosamente elegido, las melodías se elevaban como plegarias. Los devotos, muchos revestidos con la túnica negra del cucurucho dominico, se postraban a los pies de su Señor, dejando que las notas hablaran por ellos cuando las palabras ya no bastaban.
Niños, jóvenes y adultos, entraban y salían de aquel santuario de peregrinación con lágrimas en los ojos: unos por gratitud, otros por fe, y muchos por depositar a los pies del Señor sus peticiones más profundas.
Entre el murmullo de oraciones, una voz temblorosa de abuelita rompió el silencio con una frase sencilla pero celestial:
“¡Qué bello te ves, papito lindo!”
Aquel suspiro fue la oración más pura de la tarde.
Los niños, inocentes, lanzaban besos hacia aquel que sus padres les habían enseñado a llamar “el Rey”, mientras algunos jóvenes, con un nudo en la garganta, observaban a su padre que les había inculcado este amor tan grande entregándolo todo a pesar de edad , comprendiendo que ese Jesús del Sepulcro sigue acompañándonos, siendo eternamente el dueño de nuestro corazón.
Las hermandades con todo su esplendor rendían también homenaje a esta imagen ícono de la religiosidad popular guatemalteca, manteniendo vivos los lazos de fraternidad establecidos a lo largo de los años.
La jornada concluyó con la Santa Misa Mayor.
El retumbar de los timbales, el canto del perdón y un unísono “¡Gracias, Señor!” llenaron la basílica.
El Señor Sepultado regresó a su capilla luego de más de doce horas de veneración pública, en una jornada que marcó y conmovió a millones de personas, dentro y fuera de Guatemala.
Hablar de la Velación del Señor Sepultado 2025 será siempre abrir un libro vivo, lleno de nuevos milagros, anécdotas y vivencias.
Pero si algo puede resumir aquel día, es esto:
El cielo y la tierra se unieron nuevamente por la fe del pueblo de Guatemala en su amado Cristo del Amor.
Hno. Alexander Crocker
HSS

